Grandes ensayos bolivianos. "La tesis de Pulacayo"

 

 

Fernando Molina

 

El documento ideológico-sindical más importante de la historia de Bolivia es la Tesis de Pulacayo, escrita por Guillermo Lora y aprobada en noviembre de 1946 por el congreso realizado en esta localidad por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), que había sido fundada dos años antes.

Como todo documento de orden sindical, la Tesis de Pulacayo tiene un importante sesgo coyuntural y programático: por ejemplo, exige los contratos colectivos de trabajo en sustitución de los contratos individuales, plantea la toma de minas en caso de que algún patrono cerrara alguna fuente de trabajo y, de una manera mucho más importante, demanda a la historia y a los obreros de la época la creación de una nueva “central obrera”, pues considera a la asociación sindical de entonces, la Confederación Sindical de Trabajadores de Bolivia (CSTB), como “pequeñoburguesa”. La CSTB estaba en manos del archienemigo de Lora y del nacionalismo revolucionario, el Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR), la versión boliviana de ese momento del estalinismo. Esta demanda se consumaría con la Revolución Nacional de 1952 y la fundación, poco después del 9 de Abril, de la Central Obrera Boliviana.

Otro aspecto coyuntural de la Tesis es el capítulo dedicado a la posición de la clase respecto al cambio de gobierno que acababa de suceder en el país. El Congreso de Pulacayo se realizó cuatro meses más tarde del cruento derrocamiento del gobierno del mayor Gualberto Villarroel, gobierno en el que había participado el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) desde su comienzo, en 1943, hasta las vísperas de su terrible caída el 21 de julio de 1946.

El derrocamiento de Villarroel fue protagonizado por los sectores plebeyos y universitarios paceños, enfervorizados contra el gobierno “nazi-fascista” de Villarroel –y sus violentas medidas para preservarse en el poder– por incitación de la oligarquía minera, la élite política y social y los intelectuales del establishment de entonces –es decir, por la “rosca”–. A causa de las necesidades que entonces tenía Moscú, y de su propio carácter de clase, que en efecto era pequeño burgués, el PIR cumplió un papel protagónico en la conspiración.

Con el transcurrir de los años, y conforme el MNR se fue rehaciendo del impacto de este levantamiento popular contra sus banderas, el mismo pasaría a ser considerado por la historiografía dominante y el sentido común político como un hecho reaccionario y objetivamente opuesto a la revolución boliviana en marcha. Lora también adoptaría este enfoque; simultáneamente, trataría de disimular que cuando redactó la Tesis de Pulacayo las cosas estaban mucho menos claras para la izquierda, pues esta había sido permeada por la prédica en contra de Villarroel del PIR. Pero el punto VI.1 del documento de su autoría no miente: Señala que el reciente derrocamiento del presidente militar constituyó una “situación revolucionaria” –y no contrarrevolucionaria– “creada por la irrupción a la calle de los explotados privados de pan y de libertad y la acción defensiva y beligerante de los mineros, impuesta por la necesidad de defender las conquistas sociales logradas y conseguir otras más avanzadas”.  

Esta definición escondía un hecho importante; ocultaba que la posición de las masas urbanas que actuaron contra Villarroel era distinta que la de los mineros, quienes más bien simpatizaban con el presidente caído. Lora juntó las actitudes levantiscas de ambos grupos sociales (una causada por “la privación del pan y la libertad” y la otra, la favorable Villarroel, que calificaba de defensiva) dentro de una misma y abstracta “situación revolucionaria”. Su propósito era retórico. Así se libraba de valorar a Villarroel en contra de las masas urbanas que lo habían colgado, es decir, de calificar el levantamiento del 21 de julio como lo que en realidad había sido, un brote contrarrevolucionario. Y también se libraba de tener que apoyar la actitud de los mineros a favor de un gobierno que finalmente había sido pequeño burgués. Se trataba de una argucia retórica que no se justificaba tanto por la necesidad política de lograr apoyos para la aprobación del documento, como por la propia forma de pensar del autor, inclinada a camuflar la realidad concreta detrás de ideas abstractas y librescas.  

Continúa la Tesis: Esta “situación revolucionaria” tuvo en lo concreto un resultado inesperado (como podía esperar quien no se guiara por la fraseología): “ha permitido a los representantes de la gran minería montar su máquina estatal”. En efecto, el levantamiento del 21 de julio causó la restauración del dominio de la oligarquía que el gobierno de Villarroel había interrumpido por tres años. Lora lo reconocía, pero de forma cicatera. Para él, ya que no podía responsabilizarse a las masas de este desenlace (pues las masas solo creaban “situaciones revolucionarias”), se tenía que atribuir exclusivamente a “la traición y complicidad de los reformistas [del PIR] que pactaron con la feudal-burguesía. La sangre del pueblo sirvió para que sus verdugos consolidaran su posición en el poder”. Lora prefería recurrir a un factor externo, el “traidor”, antes que esforzarse en comprender el verdadero carácter de 21 de julio y del gobierno de Villarroel.

 A lo largo de su obra, el escritor trotskista nunca dejó del todo claro cuál fue su error en esta categorización del levantamiento contra Villarroel. Imposible además porque esto hubiera significado criticar la Tesis de Pulacayo, que, por el contrario, Lora trataba de proyectar como la biblia del proletariado boliviano. Y la biblia, obviamente, no es pasible de crítica o reforma.

Me parece que en los años 40 el pequeño y poco cohesionado POR se guiaba un poco por su propia brújula y otro poco era jaloneado por los sucesos, en particular por los estados de ánimo de las multitudes, hoy antivillarroelistas (lo que tuvo su impacto incluso en las minas) y mañana –decepcionadas de lo que la “situación revolucionaria” del 46 había traído al país– crecientemente alineadas con el MNR.

En todo caso, la hesitación y los traspiés de Lora en esa época nos resultarán más claros si tomamos en cuenta su semejanza con la conducta de cierta izquierda marxista, en particular de un ala del trotskismo, mientras se producía otra contrarrevolución contra un gobierno popular: el derrocamiento de Evo Morales en 2019. También entonces estos grupos festejaron una “situación revolucionaria”. Lo hicieron por populismo (porque para ellos la gente, en especial si ocupa las calles, siempre tiene la razón) y por el placer que les causaba el daño ocasionado al orden establecido, sin tomar en cuenta cuáles eran los intereses históricos que las “masas” –en realidad, las clases medias– insurrectas portaban. Si hubiera seguido vivo (murió en 2009), Lora no habría razonado de otra manera que como lo hicieron sus herederos.

Pese a su cicatería con Villarroel, Lora escribió la Tesis de Pulacayo en un momento de intensa aproximación, suya y de su fracción del Partido Obrero Revolucionario (POR), al ala sindical del MNR. En ese entonces había estado trabajando de manera muy próxima al líder máximo de la FSTMB, el emenerrista Juan Lechín, quien se desentendía de los temas doctrinales y se los dejaba a Lora. La estrategia de acercamiento al MNR permitía al trotskista obtener apoyo suficiente para la aprobación sindical de sus radicales consignas. Al mismo tiempo, esta estrategia terminaría fundiendo a ambos partidos en la percepción de los mineros, confusión de la que luego Lora se quejaría amargamente. Y también estaría relacionada con decisiones que al cabo perjudicarían al POR, como el “entrismo” de sus principales dirigentes en el partido nacionalista.

Lora tampoco fue completamente sincero ulteriormente sobre sus errores respecto al MNR. Cuando al final adoptase una posición fuertemente antagónica con la Revolución Nacional y sus protagonistas, silenciaría las verdaderas implicaciones del capítulo que la Tesis dedica a la “acción directa de masas y [la] lucha parlamentaria” (VIII), el cual termina señalando: “En la próxima lucha electoral nuestra tarea consistirá en llevar un bloque obrero, lo más fuerte posible, al parlamento”. Este fue el Bloque Minero Parlamentario, gracias al cual Lora salió diputado en las elecciones de 1947. Un triunfo que implicó una alianza formal entre el POR y el MNR, que se inscribieron coaligados a las elecciones, llevando como candidatos presidenciales a Víctor Paz Estenssoro y Juan Lechín (obtuvieron el 5% de los votos en todo el país, pero bastante más en las minas).

Después de 1952, y sobre todo después del retorno de la democracia en 1982, Lora se volvería completamente reacio a establecer acuerdos con otros grupos de la izquierda radical. Acompañaría esta evolución disminuyendo el aspecto pro-electoral de la Tesis de Pulacayo, que quiso que pasara a la historia por haber plasmado la concepción de la “revolución permanente” y haber puesto así a la vanguardia del proletariado –como eran reconocidos los mineros– en una senda ideológica trotskizante.

Este es indudablemente el mayor interés histórico de la Tesis. No porque fuera la expresión boliviana pionera ni la más elocuente en esa época de la “revolución permanente” patentada por Trotsky. Poco antes, Ernesto Ayala había publicado La realidad boliviana. Tres ensayos socio-dialécticos, con una explicación más enjundiosa y compleja de esta teoría aplicada a la historia del país. El propio Lora escribiría posteriormente varios libros en los que se explayaría sobre la “revolución permanente” en Bolivia, como La Revolución Boliviana, publicado en 1963. Sin embargo, la Tesis de Pulacayo, en tanto reflejo de la lucha de clases y símbolo de la época “heroica” de la historia del movimiento obrero nacional, posee sin duda otro peso e importancia.    

“Revolución permanente” es un concepto político complejo (diagnóstico, profecía y prescripción) sobre la revolución en los países atrasados, es decir, aquellos que se han hecho parte del capitalismo mundial pero de forma incompleta, sin experimentar un desarrollo pleno de las instituciones típicas de la modernidad burguesa: industrialización, individualización y educación universales, democracia parlamentaria, movilidad social, independencia nacional, etc.

 

[I.2.] Bolivia es país capitalista atrasado. Dentro de la amalgama de los más diversos estadios de evolución económica, predomina cualitativamente la explotación capitalista, y las otras formaciones económico-sociales constituyen herencia de nuestro pasado histórico. De esta evidencia arranca el predominio del proletariado en la política nacional.

 

El diagnóstico de la “revolución permanente” (una tradición teórica trotskista que se apoya en la forma en que se realizó la Revolución Rusa de 1917) considera que a los países atrasados les hace falta una revolución burguesa o democrática que logre una plena modernización del país, a imagen y semejanza de las potencias capitalistas, pero que esta revolución ya está atrasada en el tiempo, pues debe suceder cuando el mundo está controlado y limitado por el imperialismo, y entonces en ningún caso puede ser realizada por la burguesía, ya que esta se ha convertido en una clase reaccionaria, aliada del imperialismo y de las fuerzas conservadoras del pasado. Debe ser realizada, y solamente, por la única clase revolucionaria que resta sobre el planeta, que es aquella que “no tiene nada que perder excepto sus cadenas”, la clase obrera.

 

[I.4.] La particularidad boliviana consiste en que no se ha presentado en el escenario político una burguesía capaz de liquidar el latifundio y las otras formas económicas pre-capitalistas; de realizar la unificación nacional y la liberación del yugo imperialista. Tales tareas burguesas no cumplidas son los objetivos democrático-burgueses que inaplazablemente deben realizarse.

 

[I.9.] El proletariado se caracteriza por tener la suficiente fuerza para realizar sus propios objetivos e incluso los ajenos. Su enorme peso específico en la política está determinado por el lugar que ocupa en el proceso de la producción y no por su escaso número. El eje económico de la vida nacional será también el eje político de la futura revolución.

 

 

Entramos aquí al terreno de la profecía política: Dice la teoría de la “revolución permanente” que, al realizar la revolución que requieren los países atrasados, la clase obrera buscará simultáneamente cumplir sus propias tareas socialistas (nacionalización de la economía y la tierra, eliminación de las clases sociales, etc.) Con ello, la revolución adquirirá una dinámica permanente: pasará sin solución de continuidad de ser una revolución burguesa a ser una revolución socialista.

 

[I.6.] El proletariado de los países atrasados está obligado a combinar la lucha por las tareas demo-burguesas con la lucha por las reivindicaciones socialistas. Ambas etapas –la democrática y la socialista– “no están separadas en la lucha por etapas históricas sino que surgen inmediatamente las unas de las otras”.[1]

 

Luego está el elemento prescriptivo: Para triunfar finalmente, la revolución que estalle en un país deberá extenderse a otros, pues de lo contrario terminará asfixiada por el imperialismo o encerrada en su estrechez nacional, y no podrá cumplir los objetivos que el socialismo tiene asignados en tanto fase de transición hacia el comunismo; esto es, principalmente, la paulatina desaparición del Estado, que en cambio puede terminar fortificándose hasta convertirse en un monstruo burocrático como el generado por el estalinismo. Este elemento prescriptivo no se encuentra en la Tesis (a diferencia de otros documentos sindicales radicales, como las declaraciones de principios de 1928 y 1938 de la Federación Universitaria Boliviana, que sí tienen un carácter internacionalista).

La Tesis de Pulacayo refleja la polémica entre el trotskismo del POR y el estalinismo del PIR. Además de lo que ya hemos señalado sobre la CSTB, opone el “frente de clase” trotskista a la consigna estalinista de “unidad nacional”. También admite, al calor de la mencionada polémica, que la revolución boliviana no puede ser socialista desde el principio:

 

[II.1.] Mienten aquellos que nos señalan como propugnadores de una inmediata revolución socialista en Bolivia, bien sabemos que para ello no existen condiciones objetivas. Dejamos claramente sentado que la revolución será democrático-burguesa por sus objetivos y únicamente un episodio de la revolución proletaria por la clase social que la acaudillará.

 

¿Cómo operará entonces la revolución, según el Lora de 1946? Así:

 

[II.2.] Los trabajadores una vez en el poder no podrán detenerse indefinidamente en los límites democrático-burgueses y se verán obligados, cada día en mayor medida, a dar cortes siempre más profundos en el régimen de la propiedad privada, de este modo la revolución adquirirá carácter permanente.

 

Cuando seis años después estallase la Revolución Nacional, el sector del trotskismo que haría “entrismo” en el MNR,  acaudillado por Ayala, señalaría que la ruptura revolucionaria de Abril cumplía con ambas cláusulas: por un lado, no era todavía la revolución socialista, porque “no exist[ían]  condiciones objetivas” para ella; por el otro lado, los trabajadores estaban en el poder (si bien en cogobierno con la clase media) y entonces probablemente se verían obligados a “a dar cortes siempre más profundos en el régimen de la propiedad privada”, dándole a la Revolución, quizá, un carácter permanente. Una posición de este tipo se puede colegir, por ejemplo, del folleto ¿Qué es la Revolución Boliviana? de Ernesto Ayala (1956).

Lora se arrepentiría a último momento del “entrismo” que él también había acariciado y en cierta medida practicado en el sexenio previo a la Revolución Nacional. Desde entonces, su entendimiento de la “revolución permanente” en Bolivia sería similar al preconizado por Nikolái Bujarín durante la Revolución Rusa de 1905: una revolución directamente socialista. De este modo se distanciaría nítidamente de Ayala y los “entristas”.

Esta evolución hacia el bujarinismo sería general en el trotskismo mundial durante la segunda mitad del siglo XX, cuando esta corriente se viera arrinconada a la marginalidad política y necesitara subrayar su radicalismo para diferenciarse de sus mucho más poderosos competidores dentro de la escena marxista. Si en este periodo el estalinismo se volvería cada vez más “etapista”, es decir, partidario de revoluciones como la boliviana del 52, con una gran distancia temporal entre la consumación de la insurrección burguesa y la asunción al poder del proletariado, y, en Europa se tornaría más socialdemócrata, hasta abjurar de la dictadura del proletariado (eurocomunismo), el trotskismo se convertiría, a causa de ese mismo movimiento del estalinismo hacia la derecha, en el ala ultra de la izquierda mundial. Al final esto decantaría en una extraña combinación: el trotskismo sería en general una fuerza ideológica sectaria con un discurso ultraizquierdista (revolución socialista desde el inicio) y, simultáneamente, una fuerza sindical muy combativa y tradicionalista. Aun estando relativamente aislado de la corriente madre, el POR de Lora seguiría esta deriva sin muchos desvíos ni matices.

En 1946, Lora estaba más atento a la realidad o quizá menos cerrado a ciertas posibilidades, que lo que estaría más adelante. Ya padecía esa inclinación teoricista o, como la he llamado en mi libro La revolución permanente en Bolivia. Ayala, Lora, Zavaleta (Plural, 2021), ese sesgo “academicista” que lo llevaría a conceder una importancia mítica a la Tesis de Pulacayo, es decir, a idolatrar un texto político coyuntural, convirtiendo así la causa obrera en una suerte de “religión del libro”. Pero carecía todavía de esa intransigencia esterilizante que lo caracterizaría después, como muestra su colaboración con el MNR en esa época, o el hecho de que pensara en el “entrismo” como una posibilidad para superar el obstáculo que este partido nacionalista, tan popular y masivo, representaba para los pocos comunistas convencidos de entonces.

Esta mayor frescura de Lora en este periodo explica que en una de las cláusulas de la Tesis estuviera dicha originalmente, según reveló el historiador del trotskismo boliviano Sandor John, una idea que luego su autor consideraría “peligrosa”, de cara a la imagen que querría mostrar de sí mismo (presentándose y auto-concibiéndose como un trotskista intransigente y enemigo absoluto del nacionalismo revolucionario), y que entonces… borraría de la Tesis. Esta operación, como se supondrá, le exigiría recurrir al método criminoso de adulterar el texto original en las versiones posteriores (cosa que al parecer resultó fácil, porque nadie además del POR se ocupó de reproducir la Tesis).

Ya hemos citado el lugar del texto en el que esta alteración se produjo [I.4.]. En la versión que ha llegado hasta nosotros, el pasaje dice: “Tales tareas burguesas no cumplidas [la unificación nacional y la liberación del yugo imperialista] son los objetivos democrático-burgueses que inaplazablemente deben realizarse”. En el original se leía: “Tales tareas burguesas no cumplidas son los objetivos de la revolución democrático-burguesa que inaplazablemente debe realizarse” (John, El trotskismo boliviano. Revolución permanente en el Altiplano, Plural, 2016).

Este cambio indica lo siguiente: En la década de los 50, Lora ya no podía admitir que la biblia del proletariado boliviano afirmara que una revolución burguesa debía “realizarse inaplazablemente”. Sin duda porque esta revolución se había realizado en efecto, y de forma urgente e inaplazable, en 1952. Pero especialmente porque, como ya hemos dicho, el propio autor, influido por las nuevas condiciones del debate trotskista, se había tornado bujarinista, es decir, veía como una apostasía toda posibilidad de una transformación revolucionaria de los países atrasados que no fuera claramente, y desde el inicio, socialista.

Quizá esto, a esta altura, no sea muy importante. Lo que sí es muy grave es que en las décadas posteriores a la Revolución Nacional Lora participara en el debate sobre esta y, en general, sobre la historia boliviana, a partir de la alteración de un documento histórico. No fue la única vez en que lo hizo. Lora recurrió a las adulteraciones y los apócrifos muchas veces en su trabajo historiográfico, tanto cuando hablaba sobre el trotskismo boliviano como cuando lo hacía sobre el movimiento obrero en general. Carecía de escrúpulos intelectuales de cualquier tipo; aplicaba de manera crasa la controvertida fórmula ética del movimiento marxista según la cual está permitido todo aquello que ayuda a la revolución. No solo cambió una frase de la Tesis de Pulacayo, cometiendo, como dije, un crimen, sino que, además, tomó decisiones que causaron mucho daño a sus compañeros de partido. Acusó a sus adversarios ideológicos dentro del movimiento trotskista, invariablemente, de haber cometido faltas contra las reglas que eran o exageradas o inventadas. Por ejemplo, en los años 70 expulsó al célebre dirigente universitario Víctor Sosa acusándolo de ladrón, y, en los 90 al profesor de la UMSA Juan Pablo Bacherer, de una manera mucho más brutal. El lector curioso puede acudir a comprobarlo en la reciente publicación Guillermo Lora, el último bolchevique, de Ricardo Zelaya. Allí verá que Lora pidió al POR la expulsión de Bacherer acusándolo de delación a la policía, pero sin justificar nunca a qué se refería concretamente. Nunca demostró su punto, solo acusó e, increíblemente, el POR le obedeció a ciegas y se sometió a su capricho, defenestrando y desacreditando a quien había sido el segundo de su jerarquía durante largos años (y por tanto había ayudado a ejecutar las purgas y los procesos previos). Así se señala en el libro de Zelaya, y no por boca de una persona adversaria, sino de nadie menos que de la compañera sentimental de Lora, Beatriz Pérez.

También solía publicar en la “prensa burguesa” los nombres de quienes expulsaba, incluso si en ese momento se vivía una situación de represión gubernamental, fuera esta suave o grave. Así por ejemplo ocurrió con Filemón Escobar cuando este salió con Vanguardia Comunista del POR, bajo la dictadura banzerista (cf. Testimonio de un militante obrero). También ocurrió lo mismo cuando fue expulsada la Organización Trotskista Internacionalista, a mediados de los 80: los nombres verdaderos de todos sus dirigentes fueron publicados en un comunicado que el POR hizo circular ampliamente.

La verdadera motivación de estos ataques, por supuesto, era el autoritarismo intelectual del “último bolchevique”, que no admitía que nadie se le opusiera dentro de su propio campo, así como una inclinación personal muy notoria, parecida a la de Stalin, a la maniobra política sucia.

Por estas razones, la figura de este autor me resulta particularmente antipática. Sin embargo, no cabe duda de que la Tesis de Pulacayo, redactada con una prosa compacta y poderosa, forma parte de los documentos más importantes de la historia del cambio social boliviano, ya que refleja y explica la radicalización del movimiento obrero y, en esa medida, el advenimiento de la Revolución que este no tardaría en consumar.      

 



[1] Esta es una cita de Lora a León Trotsky.

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